El Païs présente Fontainebleau – Les Amis du Château de Fontainebleau

El Païs présente Fontainebleau

7 novembre 2016

La République de Seine et Marne (07/11/2016) nous informe que le quotidien espagnol El Païs vient de publier un article sur le château de Fontainebleau. Vous pouvez le retrouver sur www.elviajero.elpais.com. Votre webmaster ne maîtrisant pas l’espagnol, il se contentera de vous retranscrire cet article.

De la mano de la escritora francesa Florence Delay descubrimos este palacio cercano a París, en el que triunfó el arte y la voluptuosidad, así como las casas de Dumas y Debussy

Este pequeño municipio del departamento del Sena y Marne estará siempre ligado a su palacio, principalmente renacentista, y al arte, y es, por su escasa distancia de París (apenas 55 kilómetros), su reputación burguesa y su espectacular bosque, uno de los consuelos favoritos de los parisienses y una depuradora escapada otoñal. Basta con acercarse a la Gare de Lyon y tomar un tren transilien (17 euros, ida y vuelta) en dirección Montargis para, en 40 minutos, aparecer en la estación compartida por Fontainebleau y Avon.

La reciente publicación de A mí, señoras mías, me parece (Acantilado), de Florence Delay, 31 relatos atravesados de fina ironía que reconstruyen la historia del  palacio de Fontainebleau, nos anima a visitar este imponente monumento y sus jardines, rodeados hoy de 45.000 plantas, capricho de Francisco I, que a partir de un castillo anterior levantó en el siglo XVI una edificación abocada a albergar el arte más influyente de origen italiano hasta el punto de crear un estilo y una escuela propios: la escuela de Fontainebleau.

Delay, escritora, actriz, traductora, guionista y, desde el año 2000, miembro de la Academia Francesa, da vida y voz a las damas imaginarias y reales que adornaron las paredes y vivieron las fiestas, la lujuria, los antojos y algunas excentricidades del palacio, así como a los reyes que lo habitaron y los pintores y artistas que crearon bajo su influjo. Los textos sirven de guía para descubrir la relación de los cuadros y los objetos con la vida, además de que cuentan anécdotas y concubinatos. Así, de primeras, sabemos que el nombre del palacio tiene su origen en el día en que un rey salió a cazar y su perro, llamado Bleau, se perdió. Como era el favorito del monarca, los guardas lo buscaron con empeño hasta hallarlo junto a una fuente del bosque en la que, cansado del esfuerzo, bebía agua. “Y como nadie conocía aquella fuente, y les pareció que el perro era el primero en descubrirla, desde entonces se la llama Fuente de Bleau”. Fontainebleau.

El palacio ejerce de museo desde el siglo XIX, y en 1981 fue declarado patrimonio mundial por la Unesco. Residencia de reyes desde el siglo XII hasta la caída de Napoleón III en 1870, aquí vivieron 36 monarcas franceses y aquí se recibe a cerca de un millón de turistas al año. No hay que asustarse ante las hordas de excursionistas asiáticos con ojos de par en par que manejan sin reposo el ipad como cámara. La entrada (11 euros) permite visitar los jardines, el palacio, el patio de la Fuente, el patio de Oficios, el patio ovalado, la exquisita Puerta Dorada, el estanque de las Carpas (que precede al jardín inglés) y el Gran Parterre. Toda una experiencia que culmina en el despacho del emperador Napoleón III. Los Grandes Aposentos (grands appàrtements) son uno de los recorridos más impactantes. La Galería de los Fastos y la Galería de los Platos rememoran distintos acontecimientos acaecidos en el palacio.

Las salas renacentistas, el salón de baile y la Galería de Francisco I son algunos de los lugares más fotografiados. Las primeras conservan frescos y estucados elaborados por el italiano Rosso Fiorentino, uno de los primeros y más destacados exponentes toscanos del manierismo pictórico; el pintor al que Delay califica como extraordinario, el que no pretendía sorprender, porque era sorprendente. “Lejos de Miguel Ángel, cuya fuerza acuerda lo divino con lo humano, él acentúa, creo yo, su desa­cuerdo. La intrincación del amado claro y el amado oscuro”. Nombrado rápidamente pintor ordinario del rey, el Rosso tuvo bajo su responsabilidad todos los edificios, pinturas y decoraciones de Fontainebleau. Cuando se suicidó envenenándose, Enrique II y Catalina de Médicis lo sustituyeron por Francesco Primatticcio.

Y a propósito de Catalina de Médicis y Enrique II, qué bien y con qué picardía cuenta Delay el ménage à trois entre ellos dos y su amante Diana de Poitiers. Parece ser que la afición de Enrique al sexo al amanecer venía de que las noches estaban dedicadas a Catalina, poco agraciada a juzgar por el famoso retrato de François Clouet. Tras despertar, la urgencia arrastraba a Enrique a Diana con ojos desorbitados, y es que, como señala Delay: “Según quienes gustan de damas galantes, con el calor y el fuego de la noche, tan dulces, el coño, cocidito y confitado, está mejor por la mañana, más sabroso”.

Ensoñados en la chispeante gracia de Delay paseamos el palacio de puntillas para asombrarnos con su buen estado de conservación. Entre mesas imperiales y habitaciones de Napoleón, salones de recepción con techos tallados por Ambroise Perret en 1558, escritorios de ébano de Luis XIV, la capilla de San Saturnino, la galería de Diana o el exquisito salón Luis XIII —que nació aquí mismo en 1601—, con cuadros y techo del pintor flamenco Ambroise Dubois, descubrimos o imaginamos escenas de adulterio, así como personajes históricos de leyenda. Francisco I, que lo utilizaba solo como pabellón de caza; Enrique II; Catalina de Médicis; Enrique IV o la propia Margarita de Valois, a quien tanto le gustaba Boccaccio y su literatura y que se casó varias veces. Simone de Beauvoir escribió sobre ella: “Fue la escritora que mejor sirvió a la causa de su sexo, que propuso contra la licencia de las costumbres un ideal de misticismo sentimental y de castidad sin mojigatería, tratando de conciliar amor y matrimonio para honor y dicha de las mujeres”.

Margarita escribió el Heptamerón en 1542, conjunto de 72 historias atrevidas y breves contadas a lo largo de siete días por diez viajeros retenidos por el mal tiempo en una abadía. Una clara imitación a Boccaccio y su Decamerón (1351).